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20091203

PRUEBAS DEFINITIVAS PARA EL DISCIPULADO CRISTIANO - El Discipulado según los Evangelios de San Mateo, San Lucas y las Cartas de San Pablo.

Vivimos hoy inmersos en mucha polarización, situándonos en polos opuestos, tanto en nuestras iglesias como en la sociedad. Algo saludable hay en ello, a pesar de su lado oculto amargo. La indignación moral y la ira, al fin y al cabo, indican fervor moral. Todavía creemos en cosas, en lo correcto y en lo erróneo. En eso hay virtud.
Pero, hay también algo muy enfermizo en nuestra situación actual, en la que personas sinceras no pueden ya tener una conversación civilizada y respetuosa entre sí sobre ciertas cuestiones morales y religiosas, porque cada lado en el fondo no respeta al otro, convencido de que el otro ha claudicado en algún punto que constituye una prueba definitiva de bondad moral.
Dentro de la Iglesia y dentro de nuestros procesos cívicos y políticos, invariablemente, cada lado, tanto el progresista como el conservador, tiene algún tema que es fundamental, no-negociable y que constituye la prueba definitiva por la que juzgar la bondad moral y religiosa de todos los demás.

Para algunos el tema en cuestión es de carácter moral (aborto, matrimonio homosexual, justicia para un grupo concreto), para otros el tema en cuestión se relaciona con la práctica religiosa (asistencia a la iglesia, membresía en una determinada denominación religiosa), y para otros la cuestión es dogmática (ordenación sacerdotal de las mujeres, la aceptación no crítica de la Escritura o de la autoridad de la Iglesia, sincretismo). Pero, se resalta un tema concreto de modo que constituya la base para un juicio discriminatorio final, que será la prueba definitiva para determinar si algún otro es digno de respeto religioso y moral.

Pero, ¿es esto legítimo? ¿Puede un solo tema convertirse en prueba definitiva? ¿Qué dice Jesús sobre esto? ¿Y qué dicen las Escrituras? ¿Puede tomarse una sola cuestión moral o religiosa y constituirla en la esencia misma, el centro, el corazón no-negociable del discipulado cristiano?
En cierto sentido, sí, aunque esto debe matizarse cuidadosamente. Además, cada escritor del Nuevo Testamento plantea esto de manera diferente:
En el evangelio de Mateo, Jesús articula el centro moral del discipulado en lo que llamamos el Sermón de la Montaña.
En su centro yace este reto: ¿Puedes acaso amar a un enemigo? ¿Puedes realmente perdonar a alguien que te ha herido? ¿Puedes acaso ser bueno con los que te han perjudicado? ¿Puedes realmente perdonar a un asesino?
Este reto es lo que da fundamento a la enseñanza moral, entre otras, de Jesús, y le da su carácter único y mordiente.
Se supone que ésta es la señal distintiva de un seguidor de Jesús: Que puede amar y perdonar a un enemigo. Si el Nuevo Testamento en general, quiere darnos una prueba definitiva del discipulado, ésta pudiera ser su única línea de formulación: ¿Puedes amar y perdonar a un enemigo?

Lucas subraya el mismo punto, pero con diferente lenguaje. En él Jesús nos reta a ser compasivos como nuestro Padre del cielo es compasivo, definiendo esa compasión como amor, como el del Padre del Hijo Pródigo y del Hermano Mayor, que hace que la luz brille igualmente sobre buenos y malos, que sale de sí mismo y ama, sin tener en cuenta los méritos o deméritos.
La prueba clave podría formularse aquí de este modo: Amarse unos a otros, superando las diferencias.
No ames sólo a los de tu propio grupo o ideología, o a alguien que pueda devolverte el amor. Abraza con amor, con brazos tan abiertos, como Dios mismo abraza con amor.

Las cartas de San Pablo plasman esto en la distinción que hace lo que él llama vida en la carne, en cuanto opuesta a lo que él llama vida en el Espíritu.
La primera, vida en la carne, se caracteriza por “fornicación, indecencia, libertinaje, idolatría, superstición, enemistades, peleas, envidia, cólera, ambición, discordias, sectarismos, celos…”.
Cuando estas cosas existen en nuestras vidas, no podemos engañarnos a nosotros mismos pensando que estamos viviendo dentro del Espíritu de Dios.

La vida en el Espíritu, para Pablo, se caracteriza por el “amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fortaleza, aguante, afabilidad, amabilidad, generosidad, fe y castidad”.
Solamente cuando se manifiesten estas cualidades en nuestras vidas, podemos pensar que caminamos por la ruta del auténtico discipulado.
Para Pablo, la prueba definitiva no es un tema moral solo y único, sino más bien un modo total de vivir, que irradia más amor que egoísmo, más alegría que amargura, más paz que facción, más paciencia y respeto que juicios negativos y murmuración, más empatía que ira, y mejor disposición para sudar la sangre del sacrificio que ceder a las tentaciones del momento.
No queremos sugerir que temas morales concretos, dogmáticos y eclesiales, no sean importantes; algunos de ellos son efectivamente materia de vida o muerte. Pero el discipulado cristiano no se refiere sólo a nuestras acciones; también se refiere a nuestros corazones.
La esencia del discipulado cristiano reside en revestirnos del corazón de Cristo. La moralidad auténtica, la defensa de la verdad y las prácticas eclesiales vigorizadoras, proceden de esa experiencia de identificación con Cristo, llegan a ser respetuosas y dispuestas al perdón y al amor.
Ron Rolheiser (Traducción por Carmelo Astiz, cmf)

20070302

- BERNABE, SILAS Y APOLO

Benedicto XVI siguió con la catequesis sobre las primeras figuras del cristianismo y habló sobre tres colaboradores de San Pablo: Bernabé, Silas y Apolo. Tenemos que reconocer que el apóstol es un ejemplo elocuente de hombre abierto a la colaboración: no quiere hacerlo todo solo, sino que se sirve de numerosos y diversos colegas.
No podemos detenernos en todos los ayudantes. Basta recordar entre otros, a Epafras, Filemón, Epafrodito, Tíquico, Urbano, Gayo y Aristarco.
Y mujeres que como Febe, Trifena y Trifosa, Pérside, la madre de Rufo, de quien dice que “es también mi madre”, sin olvidar a esposos como Prisca y Aquila.
Hoy, nos interesamos por tres de estas personas que tuvieron un papel significativo en la evangelización de los orígenes: Bernabé, Silas y Apolo.
Bernabé, que significa “hijo de la exhortación” o “hijo del consuelo”, es el sobrenombre de un judío levita oriundo de Chipre. Trasladado a Jerusalén, fue uno de los primeros en abrazar el cristianismo, tras la resurrección del Señor. Vendió un campo de su propiedad entregando ese dinero a los apóstoles para las necesidades de la Iglesia.
Se convirtió en garante de la conversión de Saulo ante la comunidad de Jerusalén, que desconfiaba de su antiguo perseguidor. Enviado a Antioquía de Siria, fue a buscar a Pablo en Tarso, donde se había retirado, y con él pasó todo un año, dedicándose a la evangelización de esa importante ciudad, en cuya Iglesia Bernabé era conocido como profeta y doctor.

Bernabé, en el momento de las primeras conversiones, comprendió que había llegado la hora de Saulo, quien se había retirado a Tarso. Allí se fue a buscarlo. En ese momento importante, restituyó Pablo a la Iglesia; le entregó, una vez más al apóstol de las gentes. De Antioquia, Bernabé fue enviado en misión, junto a Pablo, realizando el llamado primer viaje misionero del apóstol. En realidad, se trató de un viaje misionero de Bernabé, dado que era él el auténtico responsable, al que Pablo se sumó como colaborador, pasando por las regiones de Chipre y de Anatolia en la actual Turquía, por las ciudades de Atalía, Perge, Antioquia de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe.
Junto a Pablo acudió después al llamado Concilio de Jerusalén, donde después de un profundo examen de la cuestión, los apóstoles con los ancianos decidieron desligar la práctica de la circuncisión de la identidad cristiana. Sólo así, al final, permitieron oficialmente que fuera posible la Iglesia de los paganos, una Iglesia sin circuncisión: somos hijos de Abraham simplemente por la fe en Cristo.
Pablo y Bernabé se enfrentaron, al inicio del segundo viaje misionero, porque Bernabé quería ir a recoger como compañero a Juan Marcos, mientras que Pablo no quería, dado que el joven se había separado de ellos durante el viaje anterior.
También entre los santos se dan contrastes, discordias, controversias. Y esto es muy consolador, pues vemos que los santos no “han caído del cielo”. Son hombres como nosotros, con problemas complicados. La santidad no consiste en no equivocarse o pecar nunca. La santidad crece con la capacidad de conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a comenzar, y sobre todo con la capacidad de reconciliación y de perdón. Pablo, que había sido duro y amargo con Marcos, al final se vuelve a encontrar con él. En las últimas cartas de san Pablo a Filemón y Timoteo, Marcos aparece precisamente como “mi colaborador”.
No nos hace ser santos el no habernos equivocado, sino la capacidad de perdón y reconciliación. Y todos podemos aprender este camino de santidad. Bernabé, con Juan Marcos, regresó a Chipre alrededor del año 49. A partir de entonces se pierden sus huellas. Tertuliano le atribuye la Carta a los Hebreos, lo cual no es inverosímil, pues, siendo de la tribu de Leví, Bernabé podía estar interesado por el tema del sacerdocio. Y la Carta a los Hebreos nos interpreta de manera extraordinaria el sacerdocio de Jesús.
Silas, otro compañero de Pablo, es la forma griega de un nombre hebreo (“sheal”; “pedir”, “invocar”, que constituye la misma raíz del nombre “Saulo”), del que procede también la forma latinizada “Silvano”.
El nombre de Silas sólo está testimoniado en el libro de los Hechos, mientras que Silvano aparece en las cartas de Pablo. Judío de Jerusalén, uno de los primeros en hacerse cristiano, y en aquella Iglesia gozaba de gran estima, al ser considerado profeta. Fue encargado de llevar a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia las decisiones tomadas por el Concilio de Jerusalén y de explicarlas. Pensaban que era capaz de realizar una especie de mediación entre Jerusalén y Antioquía, entre judeocristianos y cristianos de origen pagano, y de este modo servir a la unidad de la Iglesia en la diversidad de ritos y de orígenes.
Cuando Pablo se separó de Bernabé, tomó precisamente a Silas como nuevo compañero de viaje. Con Pablo, llegó a Macedonia, donde se detuvo, mientras que Pablo continuó hacia Atenas y después a Corinto. Silas le alcanzó en Corinto, donde colaboró en la predicación del Evangelio.
En la segunda carta dirigida por Pablo a esa Iglesia, se habla de “Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo”. De este modo se explica por qué aparece como coautor, junto a Pablo y a Timoteo, de las dos Cartas a los Tesalonicenses. Pablo no actúa como un “solista”, aislado, sino junto con estos colaboradores en el “nosotros” de la Iglesia. Este “yo” de Pablo no es un “yo” aislado, sino un “yo” en el “nosotros” de la Iglesia, en el “nosotros” de la fe apostólica.
Silvano es mencionado al final de la Primera Carta de Pedro: “Por medio de Silvano, a quien tengo por hermano fiel, os he escrito brevemente”. De este modo vemos la comunión de los apóstoles. Silvano trabaja con Pablo y con Pedro, porque la Iglesia es una y el anuncio misionero es único.
APOLO
El tercer compañero de Pablo se llama Apolo, probable abreviación de Apolonio o Apolodoro. A pesar de que es un nombre de carácter pagano, era un judío fervoroso de Alejandría de Egipto. Lucas, en los Hechos, le define; “hombre elocuente, que dominaba las Escrituras… con fervor de espíritu”.
La entrada de Apolo en el escenario de la primera evangelización tuvo lugar en la ciudad de Éfeso: allí había viajado para predicar y allí tuvo la suerte de encontrar a los esposos cristianos Priscila y Aquila, quienes “le tomaron consigo y le expusieron más exactamente el Camino”.
De Éfeso pasó por Acaya hasta llegar a la ciudad de Corinto: allí llegó con el apoyo de una carta de los cristianos de Éfeso, quienes pedían a los corintios darle una buena acogida. En Corinto, como escribe Lucas, “fue de gran provecho, con el auxilio de la gracia, a los que habían creído; pues refutaba vigorosamente en público a los judíos, demostrando por las Escrituras que el Cristo era Jesús, el Mesías”. Su éxito en aquella ciudad tuvo un desenlace problemático, pues algunos miembros de aquella Iglesia, fascinados por su manera de hablar, se oponían a los demás en su nombre.
Pablo, en la Primera Carta a los Corintios expresa su aprecio por la obra de Apolo, pero reprocha a los corintios que laceren el Cuerpo de Cristo, separándose en facciones contrapuestas.
Pablo, saca una lección de lo sucedido: tanto yo como Apolo no somos más que “diakonoi”, es decir, simples ministros, a través de los cuales habéis llegado a la fe. Cada uno tiene una tarea diferenciada en el campo del Señor: “Yo planté, Apolo regó; pero fue Dios quien dio el crecimiento... ya que somos colaboradores de Dios y uds. campo de Dios, edificación de Dios.
Al regresar a Éfeso, Apolo resistió a la invitación de Pablo a regresar inmediatamente a Corinto, postergando el viaje a una fecha sucesiva, que ignoramos. No nos quedan más noticias suyas, aunque algunos expertos piensan que es el posible autor de la Carta a los Hebreos, cuyo autor, según Tertuliano, sería Bernabé.
Estos tres hombres son testigos del Evangelio por una característica común, además de características propias de cada uno. En común;
- Origen judío.
- Entrega a Jesucristo y al Evangelio.
- Los tres fueron colaboradores del apóstol Pablo.
En esta misión evangelizadora original encontraron el sentido de su vida y de este modo se nos presentan como modelos luminosos de desinterés y generosidad.
Pensemos en esa frase de San Pablo: tanto Apolo como yo somos ministros de Jesús, cada uno a su manera, pues es Dios quien da el crecimiento.
Válido también hoy para todos, ya sea para el Papa, como para cardenales, obispos, sacerdotes y laicos. Todos somos humildes ministros de Jesús.
Servimos al Evangelio en la medida en que podemos, según nuestros dones, y pedimos a Dios que Él haga crecer hoy su Evangelio, su Iglesia.
Enero 2007 - Vaticano

20070227

PRISCILA Y ÁQUILA - La Iglesia primitiva

Los nombres de Priscila y Áquila son latinos, pero tanto el hombre como la mujer eran de origen judío. Al menos Áquila, procedía de la Anatolia del norte, en la actual Turquía; mientras que Priscila, cuyo nombre abreviado, Prisca, era probablemente una judía procedente de Roma
Desde Roma habían llegado a Corinto, donde Pablo se encontró con ellos al inicio de los años cincuenta; allí si asoció a ellos y, dado que ejercían el mismo oficio de fabricantes de tiendas para uso doméstico, como cuenta Lucas, fue acogido incluso en su casa

Su llegada a Corinto había sido la decisión del emperador Claudio de expulsar de Roma a los judíos.
El historiador romano Suetonio nos dice, que había expulsado a los judíos porque "provocaban tumultos a causa de un cierto Cresto".
Se ve que no conocía bien el nombre (en vez de Cristo escribe “Cresto”) y tenía una idea muy confusa de lo que había sucedido. De todos modos, se daban discordias dentro de la comunidad judía en torno a la cuestión de si Jesús era el Cristo. Y para el emperador estos problemas eran simplemente motivo de expulsión de todos los judíos de Roma.
Se deduce que los esposos habían abrazado la fe cristiana en Roma en los años cuarenta, y que ahora habían encontrado en Pablo a alguien que no sólo compartía con ellos esta fe, sino que era también apóstol. Por tanto, el primer encuentro tiene lugar en Corinto, donde le acogen en la casa y trabajan juntos en la fabricación de tiendas.

En un segundo momento, se trasfieren a Asia Menor, a Éfeso. Allí desempeñaron un papel determinante para completar la formación cristiana de Apolo. Dado que él sólo conocía someramente la fe cristiana, “al oírle Áquila y Priscila, le tomaron consigo y le expusieron más exactamente el Camino”. Cuando en Éfeso el apóstol escribe su Primera Carta a los Corintios, junto a sus saludos, envía explícitamente también los de “Áquila y Prisca, junto con la Iglesia que se reúne en su casa”.

De este modo, sabemos el papel importante que esta pareja desempeñó en la Iglesia primitiva: el de acoger en su casa al grupo de los cristianos del lugar que se reunían para escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía.
Ese tipo de reunión en griego se llama “ekklesía”, la palabra latina es “ecclesia”, la italiana “chiesa” (en español es “iglesia”), que quiere decir convocación, asamblea, reunión.

En la casa de Áquila y Priscila, se reúne la Iglesia, la convocación de Cristo, que celebra allí los sagrados misterios. Podemos ver el nacimiento de la Iglesia en las casas de los creyentes. Los cristianos, hasta el siglo III, no tenían lugares propios de culto: éstos fueron en un primer momento, las sinagogas judías, hasta cuando la originaria simbiosis entre Antiguo y Nuevo Testamento se deshizo y la Iglesia de la gentilidad se vio obligada a darse una identidad propia, siempre profundamente arraigada en el Antiguo Testamento.

Tras esta “ruptura”, los cristianos se reúnen en las casas, convirtiéndose así en “Iglesia”. Y por último, en el siglo III, nacen los auténticos edificios del culto cristiano. Pero aquí en la primera mitad del silo I y en el siglo II, las casas de los cristianos se convierten en auténtica “iglesia”.
Es lo que sucedía en Corinto, donde Pablo menciona a un cierto “Gayo, huésped mío y de toda la Iglesia”, o en Laodicea, donde la comunidad se reunía en la casa de una cierta Ninfas, o en Colosas, donde la reunión tenía lugar en la casa de un tal Arquipo.

Al regresar a Roma, Áquila y Priscila siguieron desempeñando esta función en la capital del imperio. Pablo, al escribir a los romanos, les envía este saludo particular: “Saluden a Prisca y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús. Ellos expusieron sus cabezas para salvarme. Y no soy solo en agradecérselo, sino también todas las Iglesias de la gentilidad; saludad también a la Iglesia que se reúne en su casa” (Romanos 16, 3-5).
¡Qué extraordinario elogio de esos dos cónyuges encierran estas palabras! Lo eleva nada más y nada menos que el apóstol Pablo. Reconoce explícitamente en ellos dos a auténticos e importantes colaboradores de su apostolado. La referencia al hecho de haber arriesgado la vida por él está probablemente en relación con algún gesto a favor suyo durante alguno de sus encarcelamientos, quizá en la misma Éfeso. Y el hecho de que Pablo asocie su gratitud a la de todas las Iglesias de la gentilidad, aunque la expresión pueda parecer una hipérbole, da a entender la grandeza de su radio de acción y su influencia a favor del Evangelio.

La tradición hagiográfica (historia de la vida de los santos) posterior ha dado una importancia sumamente particular a Priscila, aunque queda en pie el problema de una identificación suya con otra Priscila mártir. En todo caso, tenemos tanto una iglesia dedicada a santa Prisca, en el Aventino, como las catacumbas de Priscila, en la Vía Salaria.

Se perpetúa la memoria de una mujer que ha sido una persona activa y de gran valor en la historia del cristianismo romano. Hay algo que es seguro: a la gratitud de esas primeras Iglesias, de la que habla san Pablo, se debe unir también la nuestra, pues gracias a la fe y al compromiso apostólico de los fieles, de familias, de esposos como Priscila y Áquila, el cristianismo ha llegado a nuestra generación. Podía crecer no sólo gracias a los apóstoles que lo anunciaban. Para arraigarse en la tierra del pueblo, para desarrollarse vivamente, era necesario el compromiso de estas familias, de estos esposos, de estas comunidades cristianas, de fieles que han ofrecido el “humus” al crecimiento de la fe.

Y sólo así crece la Iglesia. Esta pareja demuestra la importancia de la acción de los esposos cristianos. Cuando están apoyados por la fe y por una intensa espiritualidad, su compromiso valiente por la Iglesia y en la Iglesia se hace natural. La cotidiana comunión de su vida se prolonga y en cierto sentido se sublima al asumir una común responsabilidad a favor del Cuerpo místico de Cristo, aunque sólo sea de una pequeña parte de éste. Así sucedió en la primera generación y así sucederá frecuentemente.

De su ejemplo podemos sacar otra lección que no hay que descuidar: toda casa puede transformarse en una pequeña iglesia. No sólo en el sentido de que en ella tiene que reinar el típico amor cristiano, hecho de altruismo y recíproca atención, sino más aún en el sentido de que toda la vida familiar, en virtud de la fe, está llamada a rotar en torno a Jesucristo. Por eso, en la Carta a los Efesios, Pablo compara la relación matrimonial con la comunión esponsal que se da entre Cristo y la Iglesia.
Es más, podríamos considerar que el apóstol conforma la vida de la Iglesia con la de la familia. Y la Iglesia, en realidad, es la familia de Dios.
Honramos, por tanto, a Áquila y Priscila como modelos de una vida conyugal comprometida al servicio de toda la comunidad cristiana. Y encontramos en ellos el modelo de la Iglesia, familia de Dios para todos los tiempos.
Benedicto XVI - 7 febrero 2007. Vaticano
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